COVID-19

La humanidad no está preparada para situaciones de alto riesgo colectivo. En el siglo XXI pensar en una pandemia está muy lejos del alcance humano. Cuando sucede, gobiernos, instituciones y organismos quedan expuestos ante la incertidumbre y el sosiego que provoca.

Unos y otros esperan respuestas y soluciones a tamaña amenaza sin saber cuáles son los pasos a seguir minimizando los riesgos y maximizando los esfuerzos para que el impacto sea el menor posible. Sin embargo, frente a esta situación de emergencia planetaria, ni siquiera los gobiernos y las instituciones son capaces de acordar estrategias preventivas y de intervención para detener la propagación del COVID-19.

Países de diferentes regiones, puertas adentro, saben administrar recursos, establecer competencias y definir prioridades conforme a criterios científicos y profesionales que acercan a los decisores. Además, se observa aun en ocasiones como ésta, que surgen dilemas éticos atribuidos tanto al ciudadano como a los gobernantes. Porque esta cuestión nos atraviesa como sociedad, como región, como humanidad. Si hoy, la sociedad no es capaz de comprender que la solución depende de cada uno, es muy factible que no la encontremos.

No se puede ser indiferente a un escenario tan complejo. Como en la vida misma, dependerá de cada uno, la actitud que se tenga frente a él. Desde una observación cuidadosa de las diferentes manifestaciones y conductas humanas, se podría agruparlas en tres zonas bien diferenciadas: a) zona de comodidad; b) de aprendizaje; c) de crecimiento.

Dentro de la zona a), se podría incluir conductas de aislamiento, de emociones negativas, de huida y espera a la solución dada, de contagio de malestar al entorno, de acceso a la sobreinformación. En cuanto a la zona b), las conductas observables son de generación de emociones positivas, de búsqueda de respuestas, de administrar los tiempos y filtrar la información, de reflexión personal. Respecto a la zona c), refieren a conductas de autoconocimiento, de autoconfianza, de control de pensamientos y acciones, de reinvención, de solidaridad social.

El COVID-19 nos interpela como habitantes del mundo, sin fronteras ni discriminaciones étnicas, religiosas, políticas ni ideológicas. Nos iguala frente al miedo y a la incertidumbre. Esta circunstancia dispara estados emocionales y estresores que influyen en la calidad de vida. Nos exhorta a ser nuestra mejor versión en donde la responsabilidad social protege y humaniza los vínculos.

El mundo seguirá andando y depende de los Estados y de las conductas de cada uno de sus habitantes. Solo resta que la humanidad despierte con esperanza y compromiso frente a la adversidad.

Lic. Susana Stock

Ciencias para la Familia – Orientadora Familiar

PROTOCOLO DE INTERVENCIÓN PARA FAMILIARES EN TRATAMIENTO

USO DEL LENGUAJE

  • Se sugiere expresiones que preserven la dignidad de la persona cuando son referidas al paciente identificado:
    • Persona en tratamiento.
    • Persona en recuperación.
    • Persona en aislamiento temporario.

GESTIÓN DE LAS EMOCIONES

  • La identificación y aceptación de las emociones permitirá modificar conductas que ayuden a paliar y a enfrentar esta situación crítica.
  • Las emociones imperantes en situaciones vinculadas a la pandemia son:

miedo – frustración – enojo – ambivalencia – desorganización – tristeza – sentimientos de soledad – sensación de encierro – ansiedad

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